Curso de Pesca con Mosca
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Cómo aprender a cazar

Vamos a tratar algunas consideraciones básicas para los que quieren dar sus primeros pasos en la caza menor.

Como escribíamos en el número de febrero, soy de los que opinan que realmente no hay edad para iniciarse en la caza, aunque claro, creo que es mejor hacerlo desde muy chico para ir adquiriendo esa experiencia invaluable que nos ayudará en el futuro a evitar muchos errores.

Tal como pasa con la pesca o con cualquier otro deporte, es muy saludable que los niños nos acompañen y empiecen a descifrar tempranamente esos sanos y sabios misterios que la naturaleza nos enseña a quienes andamos en contacto directo con ella. Más allá de la preocupación, completamente justificada por cierto, aunque muchas veces hasta asfixiantemente excesiva, que las madres suelen tener con sus hijos, es muy bueno que analicen esto que propongo desde otra óptica. A ver si me explico.

Hay que pensar que es muy probable que nuestros hijos, en un futuro a veces no tan lejano, integrados con un grupo de amigos que gusten de los deportes al aire libre, o incluso con algún familiar cazador o pescador, decidan incursionar en la naturaleza ya sea a través de un campamento, una estadía en cabañas, una cabalgata, un viaje, etc. Y en ese momento, más allá de nuestros consejos y preocupaciones, ellos entrarán en contacto con un medio distinto al de la ciudad, que muchas veces hasta puede resultar hostil.

Por eso pienso que es muy bueno que, llegados a esa situación, sepan desenvolverse sino con soltura, al menos con un mínimo de conocimientos básicos que les permitan identificar a tiempo los peligros potenciales. Que sepan diferenciar entre las serpientes, cuáles son las portadoras de veneno y potencialmente mortales, evitando así la matanza de culebras y constrictoras, tan útiles en el control de roedores, por ejemplo.

Que conozcan qué insectos son muy peligrosos, dónde suelen ocultarse y cómo tratarse ante un incidente e, incluso, aprender a prestar atención para evitar ser mordido por las molestas y dolorosas hormigas, picado por abejas o pequeñas avispas. Que sepan qué plantas producen picazón o alergias, como las ortigas, o qué espinas pueden ser ponzoñosas.

En fin, la lista podría seguir indefinidamente, y con esto no trato de dar un curso de supervivencia básica a distancia, sino simplemente señalarles en muy pocos puntos las bondades de todos esos conocimientos que necesariamente aprenderá quien practique deportes como la caza o la pesca. Y ¿qué mejor que nuestros niños lo aprendan disfrutando un día de caza junto a su padre o abuelo?
Obviamente, no digo que un adulto que decida iniciarse en la caza no pueda hacerlo por haber “faltado al preescolar”. Mucha gente mayor se anima y encuentra en este deporte una pasión que no por tardía deja de colmarla de felicidades hasta entonces impensadas.
A ellos también les convendrá salir con otro experimentado cazador que, más allá del uso de las armas, también les enseñe los hábitos y costumbres de las presas, los peligros de la naturaleza y todo lo necesario para que su etapa inicial se transforme en algo realmente para disfrutar y no para padecer. Pero bueno, ¡empecemos a cazar entonces!

El arma, el alma
En la nota anterior habíamos hecho referencia al equipo básico con que debería arrancar el principiante su actividad, el cual con el correr del tiempo y la acumulación de conocimientos se iba a ir modificando y acrecentando seguramente hasta encontrar la mayor practicidad y comodidad. Pues bien, llegó el momento de que, con la seriedad necesaria, tratemos la cuestión del arma, esa extensión del brazo que le permitirá al cazador hacerse de la tan ansiada presa, esa herramienta que se transforma en el alma del cazador.

Debemos partir de la base de que el arma es un sistema, un mecanismo de disparo de proyectiles que, de por sí, no representan un riesgo ni para el hombre ni para el entorno, pero que, en manos imprudentes o inexpertas, se transforma en un peligro mortal para el ser humano. Por eso, su manejo y utilización deben ser tomados con la mayor seriedad posible: un error o descuido se puede traducir en un accidente fatal e irreversible, de los muchos que ocurren todos los años y engruesan las páginas de los diarios.

Cazar con un arma no solo se trata de tener buena puntería y apretar el gatillo o cola del disparador. Se trata de tener un conocimiento integral y exhaustivo del arma y del proyectil que utiliza. Se trata de tener muy presente esas normas de seguridad que repasamos el año pasado a esta altura del calendario y que por redundantes no dejan de ser acertadas y conviene repasarlas hasta el cansancio. Una gran mayoría de los accidentes de caza se podrían evitar, si todos los que manejan escopetas pusieran un poco más de cuidado y cumplieran las reglas, tan sencillas, que la experiencia establece. Estos son algunos ejemplos muy gráficos:

* Un cazador dispara a una liebre, no apuntó bastante adelante y la hiere sin matarla. El animal cae, procura levantarse y correr, pero el cazador imprudente corre detrás de la liebre, la alcanza y quiere matarla de un culatazo. Esto puede provocar el quiebre de la culata o, aún peor, que el arma se dispare y lo hiera de gravedad.

* Uso de la escopeta para castigar. Hay insensatos que llegan a propinarle un culatazo al perro que no obedece sus órdenes, lo cual, además de revestir una enorme crueldad, puede ser un sistema muy efectivo para recibir una perdigonada en el cuerpo.

* Al cargar la escopeta, conviene acostumbrarse a mirar el interior de los cañones para controlar que no haya obstrucciones que, al disparar, dilaten el cañón, provocando un estallido.
* Una pésima costumbre es llevar armas cargadas en el interior de los coches y embarcaciones. La ley prohíbe cazar desde el interior de los coches, de modo que no hay razón alguna para ir con el “arma preparada”. Es un peligro permanente. No importa que esté con seguro, ya que puede correrse con un movimiento y un disparo efectuado accidentalmente dentro del coche o lancha generalmente producirá consecuencias fatales.

* Si el estampido del arma suena raro, o si el disparo falló, no hay que abrirla inmediatamente. Demórese un minuto antes de hacerlo, y antes de volver a cargar cerciórese de que el cañón no haya quedado obstruido y que los mecanismos funcionen correctamente. Puede ocurrir, especialmente con cartuchos viejos, que el fulminante no actúe correctamente y que la carga haya tardado en encenderse, por lo que, si uno abre inmediatamente el arma, puede recibir de lleno la detonación.

* Cuando se caza con un compañero, nunca debe dispararse al animal que le salga a él, antes que haya tenido tiempo de disparar su arma. No solo es una descortesía hacerlo; también puede ser peligroso para la integridad física del compañero o de su perro, si caza con esta modalidad. Al disparar luego de que el compañero haya tenido su oportunidad, se procederá cortésmente y, además, uno podrá tirar con mayor comodidad y tiempo, siempre que la pieza siga dentro del alcance del arma, obviamente.
Si se caza dentro de un monte, hay que poner aún más mayor cuidado y tener siempre la certeza del lugar donde se encuentra el compañero de caza para evitar accidentes fatales que lamentablemente, muy comúnmente, ocurren incluso en la actualidad.

* Como bien nos decía otro colaborador de la revista en ediciones pasadas, es una buena medida cambiar un poco la costumbre de camuflarse hasta los dientes a la hora de cazar perdices y vestirse con alguna camisa o pulóver que sea bien visible por todos en el campo, ya que realmente no es necesario mimetizarse en esta modalidad de caza. Obviamente, todo lo contrario ocurre cuando uno va a buscar los patos o las palomas, donde se hace indispensable contar con buena cobertura de camuflaje.

* El alcance de las armas –máximo o total no efectivo para la caza y la precisión– es mucho mayor de lo que, por lo general, se supone. Por lo tanto, nunca debe dispararse en dirección a sitios habitados, donde quizá haya personas o animales domésticos. El perdigón llega realmente muy lejos.

* Nunca se debe apoyar un arma en un árbol o en el costado del coche y, mucho menos, si está cargada, ya que, ante cualquier roce, puede caerse y rayarse e, incluso, dispararse accidentalmente. En definitiva, cuando dejemos de cazar, conviene descargarla y ponerla en un lugar seguro para que no se dañe.

¿Qué arma uso?
La respuesta a la pregunta será, en líneas generales, proporcional a la edad del principiante. Si el futuro cazador es un adulto, lo invito a acercarse a alguna sede del Tiro Federal Argentino o club de caza y tiro, donde podrá recibir los conocimientos necesarios del manejo del arma con un instructor de tiro y comenzar a utilizar un arma de fuego con parámetros de seguridad aceptables.

Esto sería lo óptimo, ya que ese mismo instructor luego puede intervenir extendiéndole el certificado que forma parte de los requisitos del RENAR (Registro Nacional de Armas) para otorgar la Cédula de Legítimo Usuario que le permitirá comprar armas de fuego para caza menor.

Si se trata de niños, más allá del apoyo que podamos recibir del instructor, también el padre, tío o abuelo que lo esté iniciando en la caza puede enseñarle el manejo responsable de las armas a través de un rifle de aire o gas comprimido de baja potencia.
Este tipo de armas, con las que yo di mis primeros pasos, son las ideales para que los niños empiecen en este deporte, siempre bajo la dirección y supervisión de un adulto, claro está. Pero son armas con un mecanismo bastante sencillo y con parámetros de seguridad bastante altos, siendo además muy fáciles de adquirir y a precios bajos en cualquier armería.

Con los rifles de aire o gas comprimido el niño (y ¿por qué no?, el adulto) podrán familiarizarse con su carga y descarga, con el empuñe, limpieza y mantenimiento del arma y, por supuesto, con su puntería. Y les aseguro que si logran buena puntería con este tipo de armas, luego el tiro con escopeta será muchísimo más sencillo.

Lo recomendable es que inicien esta instrucción en algún polígono donde los “balines perdidos” no dañan ni bienes ni personas, hasta que logren una prudente puntería. Luego sí, y esto ya a criterio de cada padre y según la edad del tirador, podrán iniciarlo en la caza de algunas especies, como las cotorras o palomas, que en muchas provincias se pueden cazar durante todo el año y son un verdadero castigo para la agricultura.

Aquí estaremos dando los primeros pasos como cazadores. Es una etapa fundamental que debemos atravesar y, por eso, resulta realmente muy pero muy importante, primero, que aceptemos las enseñanzas de nuestro instructor, sea profesional o familiar, y, luego, que asimilemos e incorporemos el respeto sobre el arma (siempre puede ser mortal) y sobre la presa que vamos a cazar y todo el entorno natural. No enseñemos al principiante a matar sino a cazar; que el ansioso tirador no se transforme en un cruel exterminador de animales sino en un respetuoso naturalista. Si mantenemos desde temprano estas premisas iremos transformando a esa persona en un verdadero cazador deportivo.

Un fuerte abrazo y, como siempre, los invito a enviarme sus consultas, experiencias y sugerencias a nestor.baldacci@hotmail.com

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