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Chanchos de cebadero dulce…

Texto: Luis Frixione
Fotos: Claudio Cardinale

Llegado el atardecer y ataviados con ropa de fajina, cada uno tomó su arma y fuimos muy despacio al guardapatio, donde unos álamos separaban el cerro de los frutales. Apenas llegados Dardo y Gustavo vieron los lomos de algunos que se escabulleron por los árboles del final. Nos ubicamos en silencio en una de las hileras de álamos esperando a los chanchos engordados a fruta.

Una vieja estancia neuquina y los frutales de su guardapatio fueron el lugar donde encontramos nuestros primeros jabalíes patagónicos.

La Rinconada es el nombre que comparten tanto la toponimia como la estancia. Sucede que la última es tan antigua en la zona, que ya nadie sabe a ciencia cierta si la estancia tomó el nombre del lugar o si fue a la inversa. Incluso hay algunos que sostienen que el nombre originario de este establecimiento ganadero fundado en 1920 corresponde a una santa, pero a la fuerza de la costumbre no hay con qué darle y todo el mundo la conoce como La Rinconada… Y listo.

Para mí y mi familia, amantes de la naturaleza, ese nombre es sinónimo de Junín de los Andes, porque es literalmente su portal. Se ingresa desde Zapala por el norte o desde Alicurá por el este. Sea como fuera, allí está ella para recibirnos a orillas del río que también suscita discusiones por su nombre.

Algunos pocos dicen que el enorme Collón Cura comienza cuando se unen el Malleo y el Aluminé; otros muchos sostienen que comienza más al sur, cuando se une el Catán Lil y varios sostienen que nace con la juntura del Chimehuín con el Aluminé.

La estancia tiene diez mil hectáreas con diecisiete kilómetros de río desde la desembocadura del Catán Lil hasta el paraje conocido como La Balsa Vieja. ¡Qué “lugarcito” para pescar y cazar!

Llegando o volviendo nos gusta tomar la Ruta Nacional 40, que une la desembocadura del Collón Cura en el lago Alicurá y La Rinconada, para ver las grandes manadas de ciervas y las más pequeñas de los machos, las piaras de jabalíes, los grupos de guanacos y las familias de ñandúes. Incluso dicen que no es tan raro ver pumas de noche. Recorrerlo a la mañana temprano o al anochecer es darse un banquete de fauna maravillosa y jamás pasamos por allí sin detenernos a tomar fotos y mirar con los prismáticos.

Hace años “les tenía unas ganas tremendas” a esos chanchos. Le aseguro, amigo lector, que esa zona está plagada de ciervos y jabalíes; tanto así es que son muy comunes los accidentes de automóviles que atropellan estos animales salvajes de gran porte. Hay que manejar con mucho cuidado, porque a la noche bajan al río para beber y pastar. Y, aunque hay carteles que indican precaución por la presencia de fauna salvaje, estamos en la Argentina y dos por tres hay que lamentar muertes de animales, tanto de los cérvidos como de los que van al volante. Sucede que la precaución y la cautela manejando no son virtudes nacionales.

Ya el año pasado estuvimos cazando conejos y liebres en la estancia, de manera que aprovechamos este nuevo viaje y la invitación de Atilio Guiñez para conocer los jabalíes de La Rinconada. Como quien no quiere la cosa, el .300WM se subió al auto como un pasajero más.

Tentador
Atilio, administrador y guía de caza, nos había cargado las pilas con frases muy prometedoras: “¡hay por demás de chanchos! Viera el desastre que me hacen esos bichos en los mallines; son plaga”. Y sus dichos fueron corroborados por un chanchazo que vimos a pleno día cuando salimos a cazar algunos conejos para una nota sobre esos animalitos en julio del año pasado.

Me asombra saber que tan pocos argentinos cazan jabalíes en la Patagonia. Y más me asombra constatar que esa geografía ofrece tantas y variadas posibilidades de cacerías de esos puercos colmilludos. Por lo menos en la estancia donde estuve, pude ver que es posible cazarlos de formas muy interesantes, dado que no hay monte cerrado, como en La Pampa, ni montañas boscosas de difícil acceso, como en la cordillera andino-patagónica. Aquí domina la estepa, los mallines y los pastizales a la vera del río, lo que facilita el despliegue de variadas formas de caza tanto diurna como nocturna.

Me gustaría agotar las posibilidades del lugar cazando de varias maneras. Por lo que ví y lo que charlé con Atilio y su hijo Willy, se puede cazar tanto de cerca como haciendo largos disparos, al acecho como al rececho, difícil o fácil para personas de cualquier edad, sexo o estado físico. Por lo que vivimos en nuestra cacería, por ejemplo, esos jabalíes están al alcance de cualquier persona, sea anciana, con dificultades físicas o un novato que quiere tener su primera experiencia venatoria. Esto es así tanto por la cantidad de jabalíes como por el acercamiento que permiten y el terreno tan accesible. De hecho, cazamos a cien metros del casco donde estuvimos de visita.

Los muchos otros lugares de la Patagonia que conocí donde se cazan chanchos son bastante diferentes a este sitio, por ser zonas de cerros boscosos. Allí se practica casi obligadamente la caza en invierno, cuando la nieve “hace bajar los chanchos” a lugares más accesibles donde se los caza la mayoría de las veces con perros, otras a caballo usando lanzas y las menos, con fusil. A diferencia de lugares como La Pampa, les sobra comida y bebida, por lo que es dificultosa la caza tradicional a la espera con arma. Pero en la zona del Collón Cura hay estepa con mallines o pastizales en la ribera del río, lo que hace posible muchas otras formas de caza.

Willy es un guía tan baquiano como joven y, además, futbolista de la liga local que ya tiene fecha de prueba en un gran club porteño. Criado en los quehaceres de la caza y el servicio a los cazadores, no le faltan habilidades para hacer cazar a cualquiera y es un buen parejero para meterse en los pastizales de la ribera del río y poner los chanchos al alcance de un revólver o del arco y flecha, modalidades que espero poder concretar. También se podría cazar con rifles con mira abierta. ¿Se imagina cazar a la vieja usanza con un rifle palanquero? No solo me lo imagino: hasta se me hace agüita la boca con solo pensarlo. Todo con la luz del día, a lo que estamos muy poco acostumbrados.
También se pueden hacer lances apostándose en pleno día para cazar los chanchos que andan hozando los mallines realizando tiros a largas distancias.

Seguramente usted dirá que nadie hará 1.600 o 2.000 kilómetros para cazar jabalíes teniendo a La Pampa mucho más cerca. Es cierto. Pero también es cierto que muchas veces se toman vacaciones de invierno o de verano con la familia por esos pagos y nada nos priva de darnos un gustito con un día de cacería mientras el resto de la familia se recrea en alguna de las mil oportunidades que brindan Junín y San Martín de los Andes o goza de unos días de paz alojándose en la estancia (ofrece cabalgatas, caminatas, pesca, actividades criollas, etc.). Sobre todo, teniendo la posibilidad de experimentar cacerías de jabalíes tan distintas de lo que estamos acostumbrados. Es más, ni siquiera hace falta llevar arma, porque en el mismo coto se la brindan para reducir los inconvenientes en el viaje.

No hay por qué pensar que estas cacerías sean excluyentes. En La Rinconada pueden cazarse jabalíes de cualquier forma como postre de una cacería de brama, que sea el plato fuerte. O se puede complementar con un ciervo de descarte en época de raleo. O con la pesca o la caza menor que ofrecen. Todo por armar.

Nuestra pequeña experiencia
Cuando llegamos a La Rinconada fuimos invitados a conocer el casco remozado de la estancia, donde los huéspedes tienen todas las comodidades pero aislados del ajetreo mundano. El motivo de nuestra visita eran los jabalíes, pero con la tranquilidad de saber que le sobran chanchos, Willy nos dijo que los íbamos a cazar “a la tardecita… cuando bajaran a comer las frutas que caen de los árboles”. Puestas así las cosas, nos acompañó a pescar unas truchas hasta el almuerzo junto con Dardo y Gustavo.

Después de la choriceada, la mateada se alargó con anécdotas de cacerías hasta que, mitad por curiosidad y mitad por ansiedad, le preguntamos “cómo era eso de las frutas”. Así nos llevó a conocer los viejos frutales de la estancia: cerezos, damascos, ciruelos y manzanos, pegados al patio del casco, todos repletos de frutas maduras que nos incitaron a convertirnos en recolectores además de cazadores. Así mis hijos se hartaron de frutas y llenaron las bolsas con las que, al regreso, las mujeres hicieron mermeladas que acompañaron muchos desayunos.

La pregunta fue obvia e hija del asombro: “¿tan cerca de la casa andan esos animales?” Y la respuesta más obvia aún: “hay mucha fruta que cae de los árboles y se pudre en el suelo… y eso es irresistible para los chanchos”. Nos contaba Atilio que es muy gracioso ver los jabalíes estirándose para alcanzar la fruta de las ramas bajas y que da miedo escucharlos cuando trituran los carozos para comer las pepitas que contienen. Pero había que esperar el anochecer nomás, de manera tal que preparamos el .300WM y seguimos mateando para rumiar la ansiedad anterior a la cacería. No había que estropear con nuestra presencia en los frutales la bajada de los chanchos.

Llegado el atardecer y ataviados con ropa de fajina, cada uno tomó su arma y fuimos muy despacio al guardapatio, donde unos álamos separaban el cerro de los frutales. Apenas llegados Dardo y Gustavo vieron los lomos de algunos que se escabulleron por los árboles del final. Nos ubicamos en silencio en una de las hileras de álamos esperando a los chanchos engordados a fruta.

La luz iba disminuyendo cuando Atilio me hizo señas indicándome que a mi izquierda un jabalí de tamaño medio cruzaba en diagonal hacia los frutales con el desparpajo de un trotecito lento a no más de 25 metros de nuestra posición. Una escena espectacular.

Pero pasaba el tiempo y Willy hacía gestos de “¡qué raro que tarden en bajar!”. La luz del día se fue apagando y caía una noche sin luna hasta que Atilio me indicó que estuviera atento. Es increíble cómo, en esos momentos, se agudizan los sentidos para tratar de percibir los más mínimos detalles.

El corazón se aceleró cuando escuchamos los rezongos y ronquidos de los jabalíes a lo lejos que parecían peleas y, a veces, voces de mando de un chancho viejo para la piara. “Es al cuete, che… jamás nos vamos a acostumbrar a esto y a estar tranquilos” pensaba, cuando descubrí que escuchaba a mi propio corazón latiendo a velocidad asombrosa.

Al ratito nomás, se escuchó el choque de algún jabalí con un alambrado. Con el pulso a mil, reduje al mínimo el aumento de mi mira variable para encontrar la presa rápido, encendí el retículo iluminado y me acomodé con la culata a mitad del torso como para un tiro instintivo, como si fuese una escopeta. Willy encendió la linterna y no se vio nada.

Miré a Atilio que me hizo señas indicando el lugar de donde vendrían y le dijo a su hijo que no prendiera la luz hasta que estuvieran encima. La escasa luz hacía de la arboleda un bosque fantasmal de sombras mezcladas con sonidos de la piara acercándose.

Se empezaron a escuchar más claramente los lejanos trotes de los chanchos pisando las hojas y ramitas del piso, que iban aumentando en volumen, señal de que venían acercándose. Parecía que los teníamos encima y todo se mezclaba confusamente: el trote tranquilo de los grandes, las corridas de los jabatos, los rezongos de las madres, las peleas de los críos.

Todo sucedió en contados segundos: se encendió la linterna y a unos cincuenta metros apareció la piara que se desordenó por la sorpresa del haz de luz. Encaré el fusil eligiendo el animal que me pareció más grande, adelanté un poquito el tiro poniendo la pequeña cruz roja en el borde delantero del pecho del animal para calcular el movimiento de la presa e instintivamente apreté la cola del disparador. El fogonazo me encegueció en la mira y con el retroceso perdí de vista el animal. Luego del disparo, la confusión…

Mientras trataba de saber cuál era el resultado de mi tiro, Atilio disparó su revólver .357 contra un lechón que buscaba para una reunión familiar, Gustavo hacía lo mismo con su carabina y Willy lo atrapaba tirándose arriba.

Recién luego de pasado el griterío encontré alguien dispuesto a alumbrar hacia donde había tirado. Pude constatar con alegría que mi presa era una chancha que había quedado, literalmente, “en el lugar”, como se dice en la jerga de los cazadores. Desde muy joven cazo, primero menor y luego mayor, pero jamás me tuve mucha confianza, porque nunca fui muy bueno tirando. Me hizo feliz ver la chancha inmóvil con un agujero del .300 que perforó ambas paletas y el corazón. No fue necesario el remate; solo el desangrado para asegurar la calidad de la carne.

La chancha terminó dándonos unos platos exquisitos: lomos con mostaza y miel, los costillares a la parrilla, lomos con crema de puerros, empanadas y un estofado. Por los cuartos, tengo que preguntarle a Viviana, la esposa de Dardo, y en una próxima nota les paso sus recetas.

Según “el Negro” Dardo, si hubiese esperado quizás habría aparecido el padrillo que comúnmente suele venir al final de la cuadrilla, pero yo igual estaba contento con mi chancha patagónica.

Contento, conforme y satisfecho, pero volveré a La Rinconada para cazar otros jabalíes con mi revólver y el arco, aunque con más tiempo para hacerlo a pleno día.

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+ info

Agradecimientos
Atilio y Willy Guiñez de la estancia La Rinconada, Junín de los Andes (Neuquén): 02944-15-640-407 y 02972-492049.

Protagonistas

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