Revista El Pato - Agosto 2014
Pesca Serrana

Truchas todo el año en Sierra de la Ventana

Las truchas de Sierra de la Ventana son una excelente escuela para iniciarse en la pesca con mosca Equipos livianos, fundamentales para disfrutar estas truchas. Pesca todo el año pero devolución obligatoria. Eso es lo que dice la Reglamentación de la Provincia de Buenos Aires.

Texto: Pablo Etchevers
Fotos: SoyBuenosAires.com

Sierra de la Ventana se encuentra a tan sólo 560 kilómetros de Buenos Aires y a sólo 100 de Bahía Blanca. Para llegar se lo puede hacer por medio de ómnibus o combis, aunque también hay aviones que parten de Buenos Aires y llegan hasta Bahía Blanca.

Sierra de la Ventana es sinónimo de pesca con mosca. Allí, aún después de 100 largos años, viven las descendientes de las primeras truchas que habitaron el país.

La verdadera historia

Hace más de 100 años, los ríos y arroyos de la Comarca Turística de Sierra de la Ventana fueron elegidos por los ingleses para sembrar las primeras truchas que llegaron a nuestro país.

La llegada del ferrocarril hasta Bahía Blanca, sumado al desarrollo que les iba proporcionando a los capitales ingleses esta región; prospera, poblada y productiva, fue la excusa perfecta para que la Cia Británica Ferrocarril del Sud se uniera a empresarios locales para dar paso a la construcción de un gigantesco Hotel de Turismo, algo que en esos momentos era inconcebible incluso en la misma aristocracia europea.

Así fue que en el ramal que iba hasta Bahía, en 1903 se inauguró una estación llamada “Sauce Grande” (actual Sierra de la Ventana) que serviría luego para que los pasajeros (en realidad serían los primeros turistas del país) descendieran y llegaran a través de un pequeño tren hasta el majestuoso hotel, algo que sucedió oficialmente el 11 de Noviembre de 1911.
De los viajes a Europa, los pioneros abocados a la construcción fueron importando cientos de especies exóticas traídas de lugares lejanos, que rápidamente se fueron incorporando a la flora y fauna local. Ciervos y truchas fueron los más destacados pasajeros de estos viajes. La Caza y la Pesca, eran además de otros deportes bien ingleses los favoritos de los altos funcionarios abocados a la construcción de las redes ferroviarias en Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia.

Estos primeros alevinos de truchas arcoiris se adaptaron rápidamente a los nuevos ámbitos y comenzaron a desarrollarse de manera casi natural y salvaje, multiplicándose a lo largo de los ríos y arroyos que atraviesan y salpican todo el sistema de Ventanía.

Nacionalismo made in England

Sólo la perca, el único pez argentino que habitaba la zona y que aún hoy la habita, supo compartir con las futuras truchas estos rincones acogedores que a tan sólo 560 kilómetros de Buenos Aires y a sólo 100 de Bahía Blanca, pasarían a formar parte de un recurso natural desde ahora.

Entre estos pequeños pero hermosos y coloridos ríos se destacan el río Sauce Grande y Sauce Chico, el arroyo San Bernardo y el Belisario, el arroyo Negro y el Napostá Grande, junto al arroyo De las Piedras y a otros arroyos e incluso pequeñas líneas de aguas que desde hace más de un siglo se han encargado de guardar en su interior a verdaderos trofeos.

Cuando el Gran Hotel fue inaugurado, muchas de estas truchas ya eran adultas y reproductoras, y algunos de los pasajeros ilustres comenzaban a tentarlas con los primeros equipos de fly cast.

Estas primeras experiencias en lo que hace a la siembra de salmónidos se trasladaron luego a todos los rincones de la patagonia argentina, cuyos resultados obviamente fueron más que satisfactorios.

El Perito Francisco Moreno, explorador inagotable del territorio argentino y sobre todo de nuestra hermosa patagonia, es quién se entera en uno de sus viajes exploratorios que las “truchas de los ingleses” como se las llamaba entonces a las primeras arcoiris que habían llegado importadas de los Estados Unidos se habían adaptado de manera perfecta a los nuevos ámbitos, y que incluso, ya se estaban desarrollando salvajemente.

La noticia, que se guardaba con extremo silencio inglés, motivó rápidamente que el gobierno argentino, sugerido por los consejos del Perito y de otros naturalistas de la época, comenzara a importar truchas de Estados Unidos y Europa, y así llegaron los primeros alevinos de truchas arcoiris y marrones, que con innumerables esfuerzos, viajes en tren y a bordo de carretas, lograron dar vida a la mayoría de las aguas del sur argentino.

Ayer y Hoy, siempre Sierra

Pasaron más de 100 años, y aunque el olvido y la falta de memoria muchas veces ganaron la partida, lo cierto es que las legendarias truchas jamás se fueron de allí. Y “Sierra”, como la llamamos quienes la conocemos, siempre esta allí, al igual que sus truchas.

Nunca me voy a olvidar cuando mi viejo volvió de la oficina previo paso por La Proveeduría Deportiva (negocio de artículos de pesca ubicado en ese entonces en la Av. Entre Ríos, entre las calles Belgrano y Moreno) con un regalo de dos tramos bajo el brazo.

Compró la que sería en la familia nuestra primer caña de spinning: una Daiwa color marrón metalizado modelo 1112, con un pequeño reel frontal color marrón haciendo juego y algunos señuelos que imitaban pequeños pescaditos, entre los que me resultó llamativo uno verde con manchas negras y de cuerpo ondulante.

No se animó con “las moscas”, que recién comenzaban a entrar en la Argentina y que muchos de nosotros no entendíamos para que servían. Yo calculo tendría alrededor de 8 años, cuando con mi hermano Marcelo, y luego de armar en segundos la caña, el reel, el nylon y ponerle en la punta un señuelo, escuchamos las sagradas palabras de nuestro padre: “Nos vamos a Sierra, hay que estrenar el equipo. Y me dijeron que ahí hay truchas para intentarlo”.

Lo cierto es que fuimos y aunque el lugar logró enamorarnos perdidamente para siempre, no tuvimos suerte con la pesca. Vimos hermosas truchas, algunas que sobrepasaban el kilogramo a simple vista, pero que no picaban frente a nuestros engaños.

“Son las más difíciles de todas, se lo aseguro yo que me he recorrido casi todo el país pescando. Si usted agarra una de estas, se recibe inmediatamente de pescador, Vienen con el título debajo de las escamas” aseguró un famoso hotelero de aquel entonces, cerca del pintoresco barrio del Golf. Y tenía mucha razón….

Siempre se vuelve al primer amor

Hoy, ya con 32 jóvenes años en mi haber, todavía me sigue deslumbrando Sierra de la Ventana, sus ríos y por supuesto, sus habitantes.

Quizás por ello, cuando en mi corta estadía en el corazón de la comarca no dude ni un segundo en llamar a mi amigo Juan José Navarro, el único guía de pesca con mosca en la zona que desde hace años intenta entender y trasmitir el comportamiento de estas difíciles pero no imposibles truchas.

La invitación, era más que tentadora para cualquier pescador:

“Venite antes que arranque la temporada en el Sur. Acá hay truchas todo el año, devolución obligatoria y una primavera que se encarga de pintar todo lo que toca, incluso a las truchas. Ahhh….y me olvidaba, están saliendo verdaderas bestias de casi 2 kilos. Las chicas crecieron” reía Juan José mientras se me hacía literalmente agua la boca con sólo pensarlo.

No terminaron de contestar el teléfono cuando una seguidilla de palabras indicaron a mi amigo que ya estaba en la villa, en tal hotel, y que a partir de tal hora estaba disponible para ir a visitar a sus difíciles chicas.

Quedamos en encontrarnos al otro día y juntos recorreríamos los campos menos raleados de la zona, donde el famoso Río Sauce Grande guarda sus verdaderos tesoros.

Según nuestro guía, las truchas venían tomando fuerte desde el mes de Abril, y actualmente comen desde las típicas ninfas que se utilizaron siempre en los ríos y arroyos de la zona hasta pequeñas moscas secas, algo que ocurre desde Octubre hasta la llegada de los primeros fríos del invierno.

Y es verdad, basta con dar vuelta alguna de las piedras bochas que hacen de suelo del río para darnos cuenta la cantidad de alimento (todo tipo de insectos, larvas e incluso eclosiones) con que cuentan estas truchas, razón por la cuál se vuelven tan selectivas a la hora de comer.

El hermoso Sauce Grande

Sólo basto acercarnos para darnos cuenta de que el estaba allí. El Sauce Grande es un río único, con un colorido propio, con piedras únicas y con escasos centímetros de agua o pozones de varios metros, dentro de un marco que le aportan las sierras que nada debe envidiarles a los ámbitos más hermosos de nuestra patagonia.

Caminarlo nos hace viajar al caudaloso Chimehuín, al franco Malleo, al verdoso Manso, al laberíntico Collón Cura. Pero nada es lo que parece y cualquier similitud con la realidad resulta falsa o una mera ilusión óptica.

El Sauce Grande es El Sauce Grande, y pescarlo es más difícil que cualquiera de los antes mencionados, pero es un desafío por sí mismo. Quizás por ello, Juan José me pidió dos cosas: la primera era no acercarnos a las orillas porque las truchas podían vernos, la segunda era no vadear el río hasta no haber realizado primero algunos lances, después sí introducirnos en sus aguas.

Así estuvimos probando durante algunas horas, agazapados, agachados y en cuclillas para que las supuestas truchas no nos vieran, pero nada resultaba. Apenas el toque a la mosca de algún dentudo o una posible perca nos alentaba a seguir, pero de las arcoiris inglesas ni noticias.

“Esto es normal” no se cansaba de repetir nuestro guía. “Acá sucede todo lo contrario a otros ámbitos, pero no hay que desesperarse. Las truchas están y son grandes, ya no son las chicas de las que hablan todos. El secreto es extremar al máximo los equipos y desarrollar la técnica lo más pulidamente posible. Vas a ver que en cualquier momento pica alguna y grande…” continuaba mi amigo mientras con su caña 6 trabajaba lentamente una línea de profundidad y un extenso leader de más de 4 metros, que ataba allá a lo lejos una pequeña ninfa.

Y así fue que en un hermoso pozón, sobre la sombra que marcaba la caída de un árbol otoñal se produjo el mejor pique de la jornada. Juan José detuvo la ninfa, y una hermosa arcoiris que pesó un poco más de un kilo y ½ se acercó a la mosca y con una naturalidad increíble la introdujo en su boca para luego comenzar a correr de un lado al otro del pequeño río.

Mi afán por fotografiarla hizo que me introdujera en el agua con el wader observando como la trucha, de un colorido rojizo increíble, comenzaba a buscar accidentes naturales para zafar del engaño.

El fino leader debió ser manipulado correctamente para evitar cualquier tipo de roce contra cualquier objeto dentro y fuera del río, lo que sería un corte seguro.

Por suerte, y luego de varios minutos de tensión la trucha fue acercada hacia la red de mano de Juan para luego retirar la mosca de su boca y devolverla al agua, previos movimientos y masajes para lograr su pronta recuperación.

Yo a esta altura, contaba con las suficientes fotografías para dar cuenta de que “las chicas han crecido” y que no existen dudas de que es posible pescarlas. Las truchas están ahí, como aún hoy siguen alguno de los trenes. Difíciles y caprichosas como lo fueron siempre. Y conservando incluso el mismo apellido ingles con el que fueron bautizadas cuando nacieron. Allá por el 1900.

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+ info

Juanjo Navarro Turismo de Naturaleza
(Sierra de la Ventana)
0291-155-070319
juanjonavarro.blogspot.com

navarro.juanjo@hotmail.com
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